Cuando llega septiembre, muchas familias se encuentran ante la misma decisión: ¿a qué actividad extraescolar apuntamos a nuestro hijo?
Las opciones son muchas: deporte, música, idiomas, arte, teatro, robótica, programación… Cada una tiene sus particularidades y no existe una actividad que sea la mejor para todos los niños. Pero, más allá de la disciplina concreta, hay una pregunta que merece la pena hacerse: ¿qué debería aportar realmente una buena extraescolar?
Porque una extraescolar no debería ser simplemente una manera de llenar una tarde libre. Bien planteada, puede convertirse en un espacio en el que el niño aprenda cosas nuevas, se enfrente a retos, descubra sus intereses y, sobre todo, compruebe por sí mismo que es capaz de hacer cosas que antes no sabía hacer.
Que le apetezca aprender
Los niños aprenden mejor cuando sienten curiosidad por aquello que están haciendo. Esto no significa que una actividad tenga que ser siempre fácil o que todo tenga que resultar divertido. Aprender también requiere esfuerzo y hay momentos en los que las cosas no salen a la primera. Pero existe una diferencia importante entre esforzarse porque queremos conseguir algo y hacerlo simplemente porque nos lo han pedido.
Una buena extraescolar debería conseguir que el niño quiera participar, que tenga curiosidad y que encuentre algo que le motive. Por eso, cuando pensamos en apuntar a nuestro hijo a una actividad, no basta con preguntarnos qué va a aprender. También deberíamos preguntarnos si le interesa y si puede llegar a disfrutar del propio proceso de aprendizaje.
Al fin y al cabo, una de las mejores cosas que puede aportar una extraescolar es que un niño descubra que aprender algo nuevo puede ser una experiencia estimulante.
Que pueda hacer cosas por sí mismo
Es importante que el niño tenga un papel activo. No es lo mismo escuchar cómo se hace algo que intentarlo. No es lo mismo seguir instrucciones paso a paso que tomar decisiones. Y tampoco es lo mismo completar una actividad porque un adulto nos dice exactamente qué tenemos que hacer que encontrar nuestra propia manera de resolver un reto.
Los niños necesitan explicaciones y acompañamiento, pero también necesitan oportunidades para probar, equivocarse y encontrar soluciones por sí mismos. Una buena extraescolar debería dejar espacio para esa autonomía. Que un niño consiga hacer algo sin que un adulto le diga todo el rato cómo hacerlo tiene un valor que va mucho más allá de la actividad concreta: le ayuda a ganar confianza y a entender que puede enfrentarse a determinadas dificultades por sí mismo.
Que encuentre retos a su medida y aprenda de los errores
Aprender consiste, en buena medida, en enfrentarse a cosas que todavía no sabemos hacer. Por eso, una buena extraescolar debería plantear retos adecuados para cada niño. Si todo resulta demasiado sencillo, probablemente perderá interés. Si todo es demasiado difícil, puede acabar pensando que no es capaz.
La clave está en encontrar un punto intermedio y permitir que exista una progresión. No todos los niños tienen que avanzar al mismo ritmo ni hacer exactamente las mismas cosas. Lo importante es que cada uno pueda partir de lo que ya sabe y enfrentarse poco a poco a nuevos desafíos. Y en ese proceso, equivocarse debería ser algo normal.
Cuando algo no funciona, podemos darlo por perdido o intentar averiguar qué ha pasado y probar otra vez. Una actividad educativa debería ofrecer un entorno en el que los niños puedan hacerse preguntas, cambiar de estrategia y volver a intentarlo. Así aprenden que un error no tiene por qué ser el final, puede ser simplemente una pista que nos ayuda a encontrar una solución.
Que pueda crear y ver sus progresos
Aprender algo y utilizarlo para crear son dos experiencias diferentes. Un niño puede aprender cómo funciona una herramienta, una técnica o una determinada disciplina, pero cuando tiene la oportunidad de utilizar esos conocimientos para crear algo propio, tiene que tomar decisiones, hacer pruebas y pensar cómo quiere que sea el resultado.
Puede ser una canción, un dibujo, una construcción, un proyecto científico o un videojuego. El resultado dependerá de la actividad, pero la experiencia es parecida: pasar de aprender algo a utilizarlo para hacer algo propio.
Y hay algo más. Cuando un niño consigue terminar un proyecto, resolver un problema que parecía complicado o superar un reto después de varios intentos, puede comprobar que ha avanzado. Ese progreso es importante. No se trata de decir constantemente a los niños que todo lo pueden conseguir, sino de darles oportunidades reales para descubrir qué pueden hacer cuando tienen tiempo, acompañamiento y ganas de intentarlo.
Que le ayude a aprender a pensar
Cuando hablamos de una extraescolar, solemos pensar en la disciplina que se aprende: fútbol, inglés, piano, pintura o programación. Pero una actividad puede aportar mucho más que ese conocimiento concreto. La forma de aprender también importa: importa si el niño puede avanzar a su ritmo, si tiene oportunidades para experimentar, si puede tomar decisiones y si los retos están adaptados a sus capacidades.
En Codelearn entendemos la programación desde esta perspectiva. Programar no consiste únicamente en aprender un lenguaje o escribir código. Cuando un niño programa, tiene que entender un problema, dividirlo en partes, plantear una solución, probarla, detectar qué no funciona y buscar una alternativa. Es decir, aprende a pensar.
Por eso, en Codelearn la programación es una herramienta, pero no el límite del aprendizaje. Los alumnos trabajan también aspectos relacionados con las matemáticas, la lógica y la resolución de problemas. Además, la plataforma cuenta con diferentes gimnasios en los que pueden practicar otras habilidades de una manera dinámica, como las notas musicales, el ajedrez, los idiomas y distintos ejercicios de entrenamiento mental.
La idea es ofrecer una experiencia de aprendizaje amplia, en la que la tecnología sirva para experimentar, resolver, crear y descubrir nuevas formas de enfrentarse a un reto. Porque aprender programación no tiene por qué significar aprender únicamente programación. Puede ser una forma de entrenar la mente y desarrollar herramientas para enfrentarse a aquello que todavía no sabemos hacer.
En definitiva, ¿qué hace que una extraescolar sea buena?
No existe una actividad perfecta para todos los niños. Cada uno tiene sus propios intereses, su personalidad y su manera de aprender. Pero sí podemos buscar algunas cosas: que la actividad despierte su interés, que le permita participar activamente, que le plantee retos adecuados y que le dé margen para equivocarse y volver a intentarlo.
También que tenga oportunidades para crear y que pueda reconocer sus propios progresos. Porque, al final, una buena extraescolar no debería limitarse a enseñar una disciplina, sino que debería conseguir que el niño termine cada vez con algo más que cuando empezó: un nuevo conocimiento, una nueva habilidad, una idea que antes no tenía o la satisfacción de haber conseguido algo que al principio parecía difícil.
Y, sobre todo, debería ayudarle a descubrir algo que le acompañará mucho más allá de esa actividad: que aprender es una forma de crecer y que siempre puede encontrar una manera de seguir avanzando.